29 agosto 2007

Lavapiés
Creí que llegarías tarde, pero aún no has llegado y ya no creo que lo hagas. Me has dado tiempo a observar en esa obra la charla que mantenían dos gatos, uno blanco y otro negro. Al parecer el gato blanco quería llevar la razón y el negro le ponía excusas no muy creíbles que el gato blanco no aceptaba de ninguna manera. No han llegado a un acuerdo y se han ido enfadados cada uno en una dirección. El gato blanco ha estado ahí, junto a la hormigonera, muy tranquilo comiendo los restos que alguien ha dejado en esa lata. El gato negro se ha ido debajo de aquel coche y no se ha movido de ahí durante un buen rato, creo que está arrepentido pero no quiere rebajarse y pedirle una disculpa al gato blanco. El gato negro tiene los ojos verdes, muy brillantes, y le falta un trozo de la oreja derecha, una herida de guerra que pasea orgulloso y arrogante pues camina muy erguido. El gato blanco tiene los ojos pardos, una cola muy fina y muy estirada y una cicatriz muy fea en el costado izquierdo. Los dos se conocen desde hace mucho, probablemente desde antes de empezar la obra, y saben que es muy difícil sobrevivir en soledad, pero como dos buenos gatos cascarrabias se miran de reojo en la distancia esperando que el otro ceda. El orgullo felino es peor que el humano, créeme. Ayer los vi desde la buhardilla de Joaquín en Cabestreros, estaban en el tejado de enfrente mirando las golondrinas antes del atardecer. Parecían felices, seguro que el día había empezado bien para ellos, por la noche tocaría cazar algo si es que se daba bien y si no pues nada, siempre podrían correr detrás de alguna rata cerca de la obra. Con la tierra levantada no es difícil dar con alguna. Aunque estos gatos tampoco necesitan cazar para comer, lo hacen por instinto, como nosotros hacemos deporte. Les distrae. En la cuesta del Olivar hay una gata muy fea que se entiende de vez en cuando con el gato negro. Creo que han tenido alguna camada juntos, de esas que nacen en los contenedores de escombros y dejan olor a podrido al tercer día. En la calle San Carlos hay un bar que le saca algún trozo de atún y sardinas viejas a la gata. Enfrente hay un senegalés que la mira comer desde su tienda. La gata está ya bastante enferma, tiene cuatro años y muy probablemente no sobrevivirá al próximo invierno pero todavía maúlla con fuerza cuando encela. El gato negro lo sabe pero le da un poco igual, aunque a veces pasea con ella por los tejados de la calle de los Tres Peces. El gato blanco siempre fue más solitario, apenas se le ha visto con gatas y dicen las malas lenguas que antes fue doméstico y le castraron, pero se ha hecho respetar a base de zarpazos y ya nadie comenta nada cuando él está cerca. Además ha sobrevivido a dos envenenamientos, y eso amarga el carácter a cualquiera. A veces se cuela en un patio de la calle Zurita, muy cerca de la sala Triángulo. En verano hay buena sombra y le suelen dejar siempre alguna sobra.
En la esquina entre Esperanza y Primavera hay un tejado muy cómodo en el que suelen reunirse todos, no son más de seis o siete, el gato blanco siempre se coloca con la cabeza agachada mirando hacia el reloj de la torre de la Telefónica, el gato negro se pone enfrente, prefiere el crepitar azulado que corona el hospital 12 de octubre y así dejan que las estrellas dilaten sus pupilas.
Esta noche no sé si acabarán juntos o si por el contrario se quedará solo el gato negro buscando algún resto entre las basuras.
Esta noche no has llegado y yo sólo quería pedirte perdón.
(Madrid – Diciembre 2005)

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2 Comments:

At 29 de agosto de 2007, 17:21, Blogger Unknown said...

Me ha gustado mucho!

 
At 29 de agosto de 2007, 20:55, Blogger ale sostiene(cuando puede) said...

Se han puesto de acuerdo para actuarte tus sentires.A veces, si lo vemosdesde cierta distancia..nuestras culpas y perdones a dar, quedan demasiados claros.De gatos, locos y niños todos tenemos un poco.
Hermoso relato de esa noche de perdones en espera.Besos.

 

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